jueves, 27 de septiembre de 2012

Capitulo 10 - La Familia: Sustento de la Patria


La Familia: Sustento de la Patria

Nos enseñaron que la familia es el eje y el sustento de la vida social y de la vida comunal. Esta enseñanza es de suma importancia. Es un hecho comprobado que existe una tendencia en la sociedad actual a no valorizarla como debemos valorizarla, a no tomar plena conciencia de lo fundamental y de lo importante que es establecer el orden y los vínculos familiares.
Se nos ocurre pensar que muchos de los cultores del divorcio, no están motivados con el espíritu que intenta solucionar los problemas inherentes al matrimonio. Pensamos que muchos de estos cultores, del «empiezo de nuevo», cultores del pensar que la pareja es prácticamente un acompañante de un viaje en subte, un acompañante de un día de juerga, son los que implantan esta cultura del «mañana empiezo de vuelta», «vamos a probar», «no se si va bien o va mal».
Creemos que la familia, la consagración a ella, el sentido del matrimonio, tiene un concepto esencialmente religioso, tiene connotaciones que rayan con una actitud que debemos valorizarla desde el concepto de lo insoslayable y lo sagrado. Para precisar, creemos que muchos de los cultores del divorcio, en realidad, hacen un ataque destructivo al valor fundamental de los hombres y de la sociedad que es la familia.
Cuando se logra alterar o destruir el orden familiar los hijos quedan en un estado de invalidez afectiva, un estado de shock interior profundo que cuesta muchísimo superar y que de alguna manera, los afecta de por vida. También, y a pesar que esto no parezca así, son los hijos las victimas y los protagonistas del conflicto familiar.
Tenemos que tomar el vínculo conyugal o las desavenencias matrimoniales con el concepto de la plena valorización y de plena responsabilidad de lo que estamos haciendo y, saber, que no tomamos una responsabilidad solamente con la otra persona, con nuestro par o nuestra pareja sino con nosotros mismos, y esencialmente, con los que serán o son nuestros hijos. Esta responsabilidad excede los caprichos personales, el gusto y el disgusto personal que podamos tener porque estamos consagrados a una obra, estamos consagrados a este destino.
Si hay circunstancias, si hay problemas en la pareja tenemos que hacer los votos suficientemente profundos para superarlos, imprimiendo la mayor voluntad posible, la mayor disciplina posible para superarlos. Nunca, ante los primeros problemas de desavenencias conyugales, tenemos que pensar en la separación como se ha logrado instaurar. Inclusive, ya casi es una moda.
Se habla del divorcio y la separación como quién habla de cambiar el auto o mudarse de ropa, en cuanto, en realidad estamos generando un conflicto a nosotros mismos, a los demás y esencialmente a nuestros hijos. Esto trae una importante consecuencia social. Existen dos maneras de destruir una familia. A través de la separación, de la ruptura formal de los vínculos y luego a través de la confusión de los roles. Para ir con mejor orden, primero a través de la destrucción del vínculo. ¿Cómo destruimos el vínculo?: con el divorcio, con la separación, con la tolerancia indebida de una vida paralela, ya sea del hombre o de la mujer o de los dos.
Llevar una vida paralela es creer que la infidelidad es un ejercicio inofensivo, una tolerancia inadecuada de situaciones que resultan una inmoralidad, o que están enmarcadas como una obscenidad inaceptable. Esta situación trae inevitablemente como consecuencia la destrucción del respeto de nuestros hijos, destrucción de los sueños, de la idealización de los padres, de la consagración a la vida y altera profundamente la realidad.
El matrimonio es uno de los valores más sagrados que tiene el hombre, es el vínculo con sus raíces y esto es esencialmente con su padre, con su madre y con sus hermanos. El primer ataque es la ruptura del vínculo como tal, la separación, la vida paralela, la infidelidad, el divorcio y luego, de no ser así posible, los ataques vienen enmarcados en el contexto de “formalizar socialmente” valores y estilos de vidas opuestos a nuestras raíces.
Decíamos que había otro ataque a la familia que se manifiesta a través de la alteración de los roles, como por ejemplo, cuando el hijo inquiere al padre, cuando el hijo escudado a través del pensamiento inocuo de la modernidad y del cambio dice: «papá esto es anticuado, esto no es así, mamá, vos sos de otra época, esto ahora se usa así”. Así nos introducimos en un error prácticamente insalvable. Esto no implica que los jóvenes, nuestros hijos no puedan tener vislumbres de realidad y de verdad. Nosotros podemos aprender de ellos y qué agradable es para un padre y una madre que sus hijos en la vuelta de la vida y en el transcurso del tiempo los ayuden a continuar transitando el camino espiritual.
Creemos que como padres, en el concepto más total y abarcativo del término, es tal vez la satisfacción más profunda que podemos tener en nuestra vida: ver que nuestros hijos son cultores y exponente de una vida consagrada a la perfección, a la superación y que puedan develarnos a nosotros por dónde continúa, por dónde transita la verdad, y puedan motivarnos y enseñarnos. Pero este hecho, al que rescatamos y valorizamos no implica que en el transcurso de la educación y en la formación de los valores de nuestros hijos se equivoquen y se manosee o se desnaturalice el rol de los padres.
En conjunto, tiene que ver con la educación y la formación de los valores de nuestros hijos. Los roles que ellos ejercen son roles activos con respecto a sus hermanos, con respecto a los padres y con respecto al resto del núcleo familiar porque una familia, bien cabe destacar, y esto es muy importante que quede claro, no la conforman solamente el padre, la madre, los hijos, y los hermanos. Una familia son también las tías, los padrinos, los primos etc., en síntesis el entorno total que crea un grupo emocional, que crea un grupo consanguíneo. Para que sea completo y más perfecto debe tener objetivos en común.
Muchísimas de las grandes empresas, en la época de la revolución industrial y de la avasallante industria de Manchester, la contracara romántica a este mundo materialista e industrialista textil, fue la rueda de hilar de las familias hindúes. En otro momento y en otro proceso fueron las familias suizas construyendo relojes. También fueron las familias españolas e italianas construyendo sus propios alimentos para preservar, no simplemente un ahorro económico que bien lo necesitaban, sino para que a través de la manufactura y de la construcción de sus propios alimentos siguiera una heredad de hábitos, de costumbres y usanza cultural.
La comida rápida, la comida chatarra, decía un amigo, es la comida que nos lleva rápidamente al cementerio. La comida que rápido se sirve es la comida que rápido se deglute sin el tiempo y sin la pausa adecuada. Volviendo al tema esencial, la familia es el grupo fundamental, básico que nos proyecta hacia una Nación fuerte. Cuando el concepto de familia es alterado, es avasallado, es desprestigiado, reina la separación, la infidelidad.
Somos conscientes que en determinados casos y en determinadas circunstancias el divorcio puede ser una solución para personas que están ante un severo conflicto. Insistimos, no tenemos una posición obcecada o cerrada, si bien nuestra formación católica nos hace optar en favor de la familia y a favor de tomar los recaudos previos, necesarios, en cuanto a la creación de conciencia, en cuanto a la sana selección de la pareja.
Al decir la sana selección de la pareja nos estamos refiriendo a un ejercicio de sano discernimiento espiritual, de levantar y enarbolar los conceptos interiores más importantes para no ceder ante la ley de atracción y de repulsión física, sino más bien la de la construcción de valores y objetivos para que la elección de nuestra pareja sea un ejercicio de proyección al infinito.
En cuanto a la lealtad, en cuanto a los propósitos, a los objetivos, tienen que estar consagrados al objetivo de unidad familiar. En el catolicismo el matrimonio es un sacramento, un compromiso contraído ante Dios. Está unido por Dios y no debe separar el hombre lo que Dios ha bendecido.
Sabemos que hay situaciones familiares que son prácticamente insalvables, que están saturadas de conflictos. En estos casos el divorcio es una solución. Bien, que así sea, para evitar conflictos superiores y para evitar sufrimientos profundos a nuestros hijos y a nuestros seres queridos. Pero tenemos que concebirlo casi como una excepción, casi como una tragedia, como algo que vino sin que nadie lo deseara.
No se puede ser cultor de la separación o del divorcio porque simplemente el hombre se siente atraído por una mujer más joven o la mujer se siente atraída por un hombre más joven, mejor presentado o más poderoso en el mundo económico o que puede hacerle vivir sensaciones que poco tienen que ver con el mundo del espíritu y de la lealtad.
En este contexto tenemos que saber que tiene que haber en nuestros jóvenes, en nuestros niños, una preparación muy importante para saber cuáles son los valores de elección que tenemos que poner en juego para que cuando se aproximen a la elección y a la construcción de una pareja, a la construcción de un estado de matrimonio puedan hacerlo con sabiduría y con plena responsabilidad. Cuando traigan hijos al mundo, lo concreten con responsabilidad y no como un mero acto de placer.
Si tenemos una Nación fuerte tiene que haber un número muy pronunciado, una mayoría abrumadora de familias que estén viviendo el mejor orden interior consagrándose al mejor destino.
Esto no implica que pensemos que todas las familias tienen que tener un orden ficticio, artificial. No lo ignoramos. Somos concientes que es todo un proceso de desarrollo cultural, es todo un desafío la proyección de la familia y de la pareja en el tiempo. Es un reto que tenemos que vivirlo como tal, como un desafío, como una profunda aventura, como una consagración hacia la otra persona.
Pareciera que olvidamos que a los hombres nos gusta ser tratados de la mejor manera. Si sembramos infidelidad vamos a tener infidelidad, porque “siembra vientos y cosecharas tempestades”.
Muchas de las crisis mundiales, muchas de las injusticias que se las atribuimos solamente al mundo político o se las atribuimos, entre comillas, a los poderosos están cimentadas por esta destrucción sistemática del concepto familiar. Muchísimas propagandas, publicidades, y series de televisión, muchísimas películas hacen liza y llanamente una apología del divorcio y de la separación, del cambio de rol de los valores familiares. Está hecho como un ejercicio de dominación de las naciones, como un ejercicio de alteración del orden natural.
Los Divorcistas: Cultura del Fracaso
Una de las pautas que podemos apreciar en nuestra crisis de identidad es que muchos católicos o quienes se precian de tales, aceptan muy sueltos de cuerpo la acción o el ejercicio divorcista, la acción del divorcio concretamente.
Creemos que si a algún católico debió, por cosas del destino, divorciarse o vivir este conflicto, debe hacerlo desde el punto de vista de lo inevitable, que es una situación límite, un problema que hemos tenido que afrontar. Pero de ninguna manera si nos preciamos de católicos podemos aceptar sueltos de cuerpo la acción divorcista o separatista.
Esto implica que una de las pruebas de la crisis de identidad que en el mundo, no solamente en Argentina, reina es que los que abrazamos una religión no defendemos correctamente sus dogmas.
El catolicismo no acepta el divorcio, no avala las relaciones extramatrimoniales. Si no lo decimos, si no respetamos el bagaje de ideología, de fe, de fidelidad y de cultura que tenemos al respecto ¿qué va a suceder?, va a suceder que cada vez nos estamos alejando más de lo que sentimos y absurdamente “estamos abrazando el marco y destrozando el cuadro”, estamos rotulándonos de algo que en realidad no somos. Nos decimos católicos y actuamos como herejes, nos decimos católicos y actuamos como parias, nos decimos creyentes y actuamos como escépticos, como si esta vida fuera el principio y el fin de todo el esfuerzo.
Recapitulemos, volvamos a foja cero. Con lo que no estamos de acuerdo digámoslo, manifestémoslo, no seamos cómplices de la ligereza de estos tiempos. Hoy por hoy en cualquier programa de radio se arma una encuesta sobre cualquier nimiedad. Cualquiera dice cualquier cosa en cualquier medio y el conductor o periodista agrega «es interesante lo que dijo fulanito».
Todos tienen derecho a expresarse. Pero no le demos categoría de pensamiento a las ocurrencias. Las ocurrencias son ocurrencias y los pensamientos son pensamientos, y la concentración es el sano ejercicio de la concepción de ideas. Esto está hecho adrede porque hay pensamientos muy profundos que paradójicamente no salen al aire, no se dicen por la mediocridad de muchos conductores y de muchos periodistas. Es más fácil rebatirle a Juan Pérez un pensamiento, entre comillas, una idea que tiene que ver más con la ocurrencia que con el ejercicio del pensamiento, o con algo realmente profundo.
Volviendo al tema de la familia tiene que haber una predisposición, una cultura de importancia y de valorización del concepto familiar. En este concepto vamos a insistir para que nuestros jóvenes estén preparados para que vivan el matrimonio como la consagración al servicio de la vida del otro y la descendencia que vayamos a traer al mundo. Implica ocupar una responsabilidad. El padre, con respecto al hijo ocupa una responsabilidad que no se esfuma o agota con la formación escolar. Tampoco cuando esta persona cumple 18 años, ni termina la responsabilidad paterna simplemente con el ejercicio de vestirlo y de alimentarlo. Es un ejercicio cotidiano de amor y un lazo que la vida jamás destruye, que va más allá de las coordenadas del tiempo y del espacio y se convierte en sagrado.
Si todos convenimos que la relación entre padres e hijos tiene que ver con lo sagrado, ¿cómo podemos pensar de alguna manera en alterar el orden de esa asociación sagrada que es padre-madre?, alterarla gratuitamente por leyes mundanas o por un ejercicio improvisado e irresponsable de “comienzo otro tipo de vida” porque existe la excitación de por medio, o porque no existe la valorización adecuada de lo que nosotros sentimos o de lo que nosotros pensamos con respecto a la idea fundacional que tiene el matrimonio.
En este contexto, insistimos, es positiva la preparación, la conciencia plena de los daños muchísimas veces irreparables que tienen nuestros hijos y que tiene el entorno social y los mismos protagonistas de la separación, del divorcio cuando se produce.
El divorcio o la ligereza en su enfoque perjudica a toda una comunidad, altera un orden social y hace marchar hacia un destino muy funesto ciertas ilusiones, ciertos sueños y ciertas fantasías en el sentido más excelso y más profundo del término.
Si logramos crear un ambiente verdaderamente íntimo, un momento trascendente, donde tengamos que decir cuáles fueron los mejores momentos seguramente serian estos: momentos de inspiración, de servicio a la comunidad, de fraternidad, de haber abrazado y concretado algunos ideales, aunque mas no sea por un corto lapso de tiempo en nuestra vida, aunque mas no sea por un instante, por un momento.
Estamos seguros que en esta selección de mejores experiencias un renglón muy importante tendrá la relación con nuestros padres. Esta es la talla, es la medida, este es el renglón de importancia de esta evocación interior de relación con la familia como parámetro cultural y como lugar donde nosotros abrevamos en la construcción de nuestro ser espiritual y de nuestra identidad completa. ¿Cómo podemos muy sueltos de cuerpo creer que la alteración del vínculo matrimonial es algo que tenga que ver con un ejercicio social, con una moda o con una practica de irresponsabilidad?. Por el contrario. Tendríamos que abrazar el dogma católico de la responsabilidad consagrada en la conformación del vínculo matrimonial.
El ataque al vínculo familiar, en muchos casos es deliberado. Si queremos una sociedad fragmentada, una sociedad imbuida de separación o de ideas derrotistas y de fracturas en la construcción íntima de una personalidad, de una identidad, ataquemos la familia, rompamos el vínculo familiar para que muchos cultores del mal o muchos cultores de “lo nuevo” o de “lo actual” como el de una sociedad individualista sin la familia como su base y sustento ganen definitivamente esta batalla de siglos.
Atacando la familia se ataca la sociedad, atacando el vínculo familiar se atacan los valores más importantes de la Argentinidad y de la Nación, y por ende, de nuestra nacionalidad, de nuestros valores, aquellos más propios, más caros, y más profundos. Es imperioso defender y construir los valores familiares, los valores sagrados del vínculo familiar tomando plena conciencia que en la valorización de este concepto y en el profundo sentido de identidad podremos construir una Nación más grande y una sociedad más justa.
Si nosotros, de alguna manera, queremos hacer un aporte concreto a nuestro futuro espiritual, a la valorización de nuestro tiempo y de nuestra persona apostemos a la realización sana, profunda y verdadera del concepto familiar.
Por eso es importante que nuestros niños y nuestros jóvenes vayan bebiendo, vayan absorbiendo este concepto: es fundamental concebir que la entrega a la vida matrimonial es una verdadera consagración y que esto va a redundar en felicidad interior, va a redundar en armonía, va a redundar en un futuro mejor para nosotros y para los que nos circundan. No pensemos pueril e inocentemente que los ataques sistemáticos al concepto familiar son espontáneos, casuales y frutos de alguna improvisación.
Es urgente que tengamos plena conciencia que es todo lo contrario: que estos ataques a la familia están hechos por personas que saben lo que buscan, que tienen plena conciencia del daño que hacen y que nosotros, cual soldados, tenemos que defender a ultranza el concepto del valor y del orden familiar.
Si se continúa atacando los principios de la familia, las consecuencias serán ni más ni menos que la destrucción de la humanidad. En consecuencia no estamos exagerando un ápice, cuando hablamos del crecimiento en el consumo de drogas, cuando hablamos de índices de miserias que van escalando, cuando hablamos de desavenencias sociales que en general se van profundizando, y en el mismo grado los mayores porcentajes de suicidios, del crecimiento de las depresiones, del estrés, etc..
Tienen que ver estas amenazas con la alteración del orden familiar en una sociedad que no se siente contenida en este oasis espiritual que tiene que ser el concepto de familia, en el orden natural y con los valores espirituales que subyacen inalterablemente en ella.

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